ARTICULO DE OPINION

 

Del campo a la ciudad: una travesía marcada por la indiferencia

Por: FDIR



La historia de miles de campesinos que migran a Bogotá en busca de una vida mejor se repite una y otra vez como una película sin final feliz. Con sus manos curtidas por el trabajo, sus saberes ancestrales y una profunda conexión con la tierra, llegan a una ciudad que, lejos de acogerlos, los margina. La discriminación, el desempleo y la falta de oportunidades son las barreras invisibles —pero muy reales— que enfrentan en su intento de reconstruir sus vidas.

Bogotá se presenta como una ciudad moderna e incluyente, pero para los campesinos que la habitan o la transitan, esta idea no siempre se materializa. Muchos son tratados con desprecio o indiferencia por su acento, su forma de vestir o simplemente por vender sus productos en el espacio público. Se les etiqueta como “ignorantes” o “atrasados”, sin reconocer el valor de su trabajo ni su dignidad como ciudadanos.

Uno de los problemas más alarmantes es el desempleo estructural que enfrentan. La mayoría de campesinos no encuentra cabida en el mercado laboral formal, porque no poseen los títulos exigidos o las competencias urbanas que se demandan. Esto los empuja a la informalidad, a vender frutas en una carretilla o a realizar trabajos mal remunerados y sin garantías. ¿Cómo se puede hablar de equidad si quienes nos alimentan son condenados a sobrevivir en las peores condiciones?

Además, el modelo de ciudad desconoce su origen rural. Bogotá se abastece de alimentos gracias al trabajo de los campesinos, pero no existen políticas robustas que garanticen su bienestar. La ruralidad sigue siendo tratada como una periferia olvidada, y sus habitantes son vistos como forasteros en su propia tierra.

La situación se agrava con la falta de oportunidades educativas y de formación técnica. Muchos campesinos jóvenes llegan a la ciudad sin poder acceder a educación superior, sin rutas claras de inserción laboral, y con el peso de sostener a sus familias. ¿Dónde están las ofertas del Estado para ellos? ¿Dónde están los programas que reconozcan su cultura y les permitan integrarse dignamente?

Es hora de cambiar el relato. Bogotá no puede seguir dándole la espalda a quienes nos alimentan. Se necesitan políticas públicas que promuevan la inclusión social, económica y cultural del campesinado en la ciudad. Se deben fortalecer los circuitos cortos de comercialización, dignificar el trabajo rural en entornos urbanos y erradicar la discriminación que aún persiste.

Los campesinos no piden caridad, exigen justicia. Y la justicia empieza por el reconocimiento y la acción. Solo así podremos hablar de una ciudad verdaderamente incluyente, solidaria y humana.

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