SENSIBILIZACION SOBRE PARTICIPACION
EL CONSEJO DE LAS SOMBRAS
I. El ascenso
En el municipio de San Pedro, la palabra participación
se repetía con frecuencia en discursos, murales y reuniones públicas. Sin
embargo, pocos comprendían su verdadero significado. Allí, en medio de calles
polvorientas y promesas antiguas, surgió Adrian Montoya, un hombre de
voz firme, mirada calculadora y sonrisa ensayada.
Adrián no hablaba de comunidad, hablaba de control.
No convocaba al diálogo, sino a la obediencia. Su liderazgo creció rápidamente,
no porque escuchara a la gente, sino porque sabía decirle exactamente lo que
quería oír. Reunía a los vecinos en la Casa Comunal y repetía con convicción:
—El pueblo necesita una sola voz. Muchas opiniones solo
generan caos y esto es lo que aprovecha la delincuencia para seguir sus actos ilícitos
en nuestra ciudad.
Algunos asentían sin cuestionar. Otros dudaban en silencio.
Pero Adrián ya había comprendido una lección esencial de Maquiavelo: “Los hombres
olvidan más rápido la muerte de su padre que la pérdida de su patrimonio”.
Por eso prometía beneficios, contratos, favores. La lealtad se compraba.
Así nació el Consejo Ciudadano de San Pedro, un
espacio que decía representar a la comunidad, pero que en realidad funcionaba
como un círculo cerrado, donde solo entraban quienes habían ayudado en la
campaña política a convencer a los cuidadanos y aportaron dinero para el
desarrollo de la campaña, además juraban fidelidad al líder.
II. La falsa participación
Entre los miembros del Consejo estaban Marta Ríos,
una comerciante temerosa de perder su puesto en el mercado; Isabela Peña,
una joven ambiciosa que veía en Adrian un trampolín político; y Don Sua,
un líder comunitario envejecido que había cambiado la ética por la permanencia,
no quería dejar su puesto público porque los ciudadanos por favores que les
hacia en los tramites administrativos le llevan regalos a su casa para que
nadie lo cuestionara.
Las reuniones se realizaban con actas ya escritas,
decisiones ya tomadas y aplausos programados. Cuando alguien intentaba
cuestionar, Adrian interrumpía con firmeza:
—Eso ya se decidió por mayoría, cuando la gente se quedaba
en silencio decía lo tendremos en cuenta en las próximas reuniones, con esta
actitud dilataba las discusiones.
Pero nadie recordaba después haber hablado, profundizado o
votado.
Aquello no era participación: era simulación. No había
deliberación, ni pluralidad, ni respeto por la diferencia. Solo una puesta en
escena donde el poder se legitimaba a sí mismo.
Alejandra Muñoz, una profesora de ciencias sociales
recién llegada al municipio, fue la primera en notarlo con claridad. En una
reunión levantó la mano y preguntó:
—¿Dónde están las voces de los barrios que no están aquí?
¿Por qué no se socializan las propuestas con la comunidad y además donde están los estudios y presupuestos?
El silencio fue inmediato. Adrian la observó con frialdad y respondió:
—Profesora, la participación excesiva debilita la autoridad
y los resultados no serán rápidos y eficaces, Y sin autoridad no hay orden.
Era otra máxima maquiavélica aplicada sin pudor: el fin
justifica los medios.
III. El miedo como herramienta
Con el tiempo, el Consejo empezó a manejar recursos públicos
destinados a proyectos comunitarios. Parques que nunca se construyeron con los
materiales señalados en los documentos escritos, talleres que jamás se dictaron
a profundida y con materiales , contratos asignados siempre a las familias de
quienes estaban en el poder.
Cuando surgían rumores, Adrian actuaba rápido. Citaba a los
inconformes en privado.
—Recuerde quién les ha ayudado con sus puestos de trabajo y
con la educación de sus hijos es mejor investigar en silencio dejen que yo haga
mi trabajo.
Así, el miedo reemplazó al consenso. La participación dejó
de ser un derecho y se convirtió en un riesgo.
Alejandra insistía en hablar con la comunidad, organizó
encuentros abiertos en la escuela, explicó que participar no era obedecer, sino
decidir colectivamente. Poco a poco, algunos vecinos comenzaron a cuestionar.
Eso convirtió a Alejandra en una amenaza.
IV. La caída del velo
El punto de quiebre llegó cuando Andrés Molina, un
joven contador del municipio, revisó unos documentos públicos y encontró
inconsistencias graves. Los recursos del Consejo estaban siendo desviados a
cuentas personales.
Andrés acudió primero al Consejo. Adrian sonrió.
—Muchacho, no seas ingenuo. Esto funciona así. Si quieres
crecer, debes adaptarte.
Pero Andrés no aceptó. Con apoyo de Alejandra y otros
ciudadanos, presentó una denuncia formal ante los entes de control la procuraduría
y la fiscalia.
La reacción fue inmediata: campañas de desprestigio, acusaciones
falsas, amenazas veladas.
Adrian repetía a su círculo más cercano:
—Es mejor ser temido que amado, si no se puede ser ambos.
Otra lección mal entendida de Maquiavelo.
V. El juicio
La investigación avanzó. Audiencias públicas, titulares en
la prensa regional, citaciones judiciales. Por primera vez, San Pedro escuchó
hablar de responsabilidad, control ciudadano y corrupción.
En el juicio, adrian se defendió diciendo que todo lo había
hecho “por el bien del pueblo”. Pero los documentos, los testimonios y las
pruebas eran contundentes.
Alejandra lloró al
declarar. Óscar aceptó cargos. Don Eusebio guardó silencio.
Adrian fue condenado
por peculado, concierto para delinquir y falsedad en documento público.
El Consejo fue disuelto.
VI. La enseñanza
Meses después, en la misma Casa Comunal, se realizó una
nueva asamblea. Esta vez sin tarimas, sin micrófonos dominantes, sin decisiones
previas. Cada voz contaba.
Clara tomó la palabra y dijo:
—Lo que vivimos no fue participación. Fue manipulación. La
verdadera participación no impone, no intimida, no excluye. La participación
construye, escucha y comparte el poder.
San Jerónimo entendió, tarde pero con claridad, que cuando
el liderazgo se basa en el miedo, la astucia sin ética y el poder sin control,
la participación muere, y con ella, la democracia.
La participación auténtica no se reduce a estar presente
ni a aplaudir decisiones ajenas. La participación implica deliberar,
cuestionar, decidir colectivamente y ejercer control sobre el poder. Cuando el
liderazgo adopta principios maquiavélicos sin ética ni límites, se transforma
en dominación y corrupción.
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